
Hay algo que últimamente no dejo de pensar:
la presión de tener que tenerlo todo claro demasiado pronto.
Tengo 21 años, y ya he pasado por varios momentos en los que he tenido que tomar decisiones importantes.
Antes de empezar la universidad.
Cuando terminé la carrera.
Y ahora, mientras estoy terminando mi máster.
Siempre aparece la misma pregunta:
¿Qué vas a hacer con tu vida?
Y es una pregunta difícil. Mucho más de lo que parece.
Porque muchas veces llega de golpe, sin aviso, y sin que realmente tengas una respuesta preparada.
Y eso es normal.
La presión de tener todo resuelto no siempre viene de ti
Muchas veces, esa presión no nace solo de nosotros.
Viene de preguntas constantes:
“¿Y ahora qué vas a hacer?”
“¿Ya sabes a qué te quieres dedicar?”
Viene de ver a gente en redes que parece tenerlo todo claro.
De comparar tu proceso con el de otros.
Y poco a poco, sin darte cuenta, empiezas a sentir que deberías ir más rápido.
Aunque en realidad…
nadie te ha enseñado cuál es el ritmo correcto.
Yo tampoco tenía una respuesta
La realidad es que yo tampoco supe qué responder en muchos de esos momentos.
Y si soy sincero, a día de hoy tampoco tengo una respuesta al 100%.
Pero sí sé algo:
Estoy más cerca que antes.
No porque lo tenga todo claro, sino porque he ido avanzando poco a poco.
Descartando lo que no me gusta.
Acercándome a lo que sí me llama la atención.
Sentir que sabes… pero que aún te falta algo
Hay una sensación rara que me acompaña muchas veces.
Por dentro, siento que sé lo que quiero.
Pero al mismo tiempo, siento que todavía me faltan cosas.
Más experiencia.
Más seguridad.
Más claridad.
Y no sé muy bien si eso es una excusa…
o si simplemente es parte del proceso.
Quiero pensar que es un poco de ambas.
Porque así no pierdo el foco en lo que de verdad me importa, pero tampoco me exijo tener todas las respuestas ya.
¿Y si no estás tarde?
A veces, con 21 años, siento que voy tarde.
Que debería tenerlo todo mucho más claro.
Que ya debería estar encaminado del todo.
Pero luego lo pienso mejor…
y me doy cuenta de algo:
para muchas personas, esto sería incluso pronto.
Y aquí es donde entra algo curioso.
Siempre decimos que compararse es malo…
ya hable de esto en otro articulo,
y en la mayoría de casos lo es.
Pero en este caso, cambiar la perspectiva ayuda.
No para presionarte más, sino para relativizar.
Para darte cuenta de que no hay un único ritmo correcto.
Cada camino es diferente
Al final, cada persona tiene su propio camino.
Con sus tiempos.
Sus dudas.
Sus decisiones.
Y precisamente eso es lo que hace que cada camino sea especial.
No hay una única forma de hacer las cosas bien.
Confío en el proceso
No tengo todo claro.
Pero sí tengo algo importante:
la sensación de que, poco a poco, me estoy acercando.
Y también tengo la certeza de que, si sigo siendo constante, voy a llegar a aquello que realmente me gusta.
Aunque ahora no vea todo el camino.
Para terminar
Si tú también sientes esa presión por tenerlo todo claro…
tranquilo.
No estás solo.
Y probablemente, no estás tan perdido como crees.
Y si has llegado hasta aquí, gracias por quedarte.
De verdad.
Porque al final, todo esto no deja de ser parte de mi proceso.
De cómo voy entendiendo la vida, poco a poco, sin tener todas las respuestas.
Supongo que esto es como cuidar un jardín.
No todo crece cuando quieres.
No todo sale perfecto.
Y muchas veces ni siquiera sabes si lo estás haciendo bien.
Pero si sigues cuidándolo…
si sigues plantando, quitando lo que no sirve y dando tiempo…
algo bonito acaba creciendo.
Y con la mente pasa exactamente lo mismo.
Así que ahora me gustaría leerte a ti:
